La semana de Juan Carlos Aragón (II)

En 1997 Juan Carlos Aragón ya había probado las mieles de una final pero a sus seguidores les sabía a poco. Cada año el autor de la Laguna iba ganando adeptos y en ese año logró firmar una de las agrupaciones más recordadas, un auténtico pelotazo, ‘Kadi City (ciudad sin ley)’. Quedó a las puertas de la final pero, al mismo tiempo, dejó letras para la historia, especialmente la presentación y el estribillo.

Al año siguiente tiene entre sus filas a uno de los carnavaleros más polifacéticos del carnaval, Emilio Gutiérrez Cruz, El Libi, y saca la chirigota ‘Las ruinas romanas de Cádiz’. En esta agrupación (cuya presentación está escrita en un latín gaditano) escribe al amor, a la semana santa, a la juventud, a Andalucía, etc. El autor que antaño era reconocido por ser un gamberro empezaba a dejar frases para el recuerdo. Por ejemplo, el pasodoble que comenzaba con los versos:

“Yo tengo mi casa abierta
por si alguien quiere entrar
que no me pida permiso
por si alguien quiere entrar
y tengo por casapuerta
la mitad del paraíso”.

Juan Carlos Aragón empezaba a ser tenido en cuenta como un autentico maestro de la palabra con coplas como aquella oda a Andalucía que fue la letra en la que comparaba al Norte con el Sur.

En el norte los del norte
tienen una condición
que en el sur no la tenemos,
en el sur a los del sur
puede ser que nos importen
las cosas un poco menos.
En el norte la miseria no se ve
porque va dentro del hombre,
en el sur no hay más miseria
que tener en el norte a los del norte.
En el norte mandan blancos
con los corazones negros,
en el sur mandan los negros
con los corazones blancos.
En el norte los del sur pasan frío,
en el tren, en la ciudad, en la gente,
en el norte sale el sol escondío,
el norte es rico pero aburrío,
el sur es pobre pero caliente.
Mientras el norte fabrica
las bombas que tiran los criminales,
el sur aguanta fatigas
tragando saliva
con ferias y carnavales,
yo soy del barrio bendito
del sur infinito
de Andalucí… de Andalucía,
donde la reina alegría
jala de los corazones.
Y cuando digo del sur,
gaditano y andaluz,
miro al norte y me lo paso
por to los rincones.

Ese es el año en el que entra a formar parte de la comparsa un carnavalero forjado en la vecina localidad de Puerto Real. De la mano del Libi, quien había salido con él en ‘Antología fúnebre de El Puerto’ y ‘Sevilla tuvo que ser, miarma’, llega a la agrupación de Juan Carlos Aragón quien se convertirá en el componente que más años ha estado junto a este autor, Francisco Javier Bohórquez.

En 1999 el autor participa en la modalidad de comparsa con ‘Los tiburones’, una comparsa de Rota a la que ponía la música y cuya letra pertenecía a José Antonio Pérez Martínez. No pasaron de las preliminares pero su presentación años después tomaría protagonismo al ser rescatada por una de las antologías de Aragón.

Pero si por algo se caracteriza el año de 1999 es por el gran pelotazo que supuso la chirigota de Juan Carlos Aragón. ‘Los yesterdey’ se convirtieron en una auténtica sensación cautivando con todas las partes del repertorio, desde la tortilla con los huevos del juez Garzón de la presentación hasta el cántico al ideario y espiritu hippy que supone el popurrí. Es difícil encontrar un pero a una agrupación que llevó a lo más alto a este autor. Ya Juan Carlos Aragón dejó de ser una promesa del carnaval para convertirse en una realidad, en una forma nueva de entender la chirigota.
‘Los yesterdey’ cantaron a la mujer, a los desastres del siglo XX, a Andalucía, a lo malvado de la condición humana, a la juventud, a Cádiz, etc. y todas las coplas fueron un auténtico pelotazo. Tanto en cuplés como en pasodobles Aragón demostró que aquellos hippys estaban en una esfera diferente, aquella a la que pertenecen las agrupaciones que pasan a la historia. Nos vamos a quedar con la copla más representativa de aquel año, la que ganó el concurso de Coplas por Andalucía, una crítica feroz a los estereotipos andaluces.

Aunque diga Blas Infante
«andaluces levantaos»
perdón que no me levante
pero estoy mejor sentao.
Bueno voy a poner de pie,
voy a dejar de tonterías.
Venga una dos y tres,
¡qué bonita Andalucía!
Vamos a ponernos serios
que vamos a cantar el hisno.
Los andaluces queremos
volver a ser lo que fuimos,
lo que fuimos antiguamente,
pobrecitos y vasallos,
siervos de terratenientes
y de chulos a caballo.
Si este pueblo se disparata
con la boda de un matavacas
y la niña de una duquesa,
si este pueblo se le arrodilla
a una espada y a una mantilla
este pueblo me da vergüenza.
Menos rollos de verdes mares,
de campiñas y de olivares
que así luego nos luce el pelo.
Castas, y luego ponen la serie de Emilio Aragón,
pin, pon, con sus castas
y aparece en el más ínfimo escalón
de su estrecha jerarquía
el servilismo mamón
de las marmotas de Andalucía.

Con esta letra Juan Carlos escribía sin quererlo un himno del carnaval, una letra que ha vencido al paso del tiempo y se ha convertido en una de esas que se cantan en barbacoas y fiestas donde se juntan más de dos carnavaleros. Aquí nacía la leyenda, un autor que consiguió llegar mucho público que hasta entonces apenas se había interesado por la fiesta, Juan Carlos Aragón se convierte en idolo de masas, uno de los autores más seguidos.

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